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    São Vicente, isla de las artes y de la hospitalidad

    San Vicente, Isla de las Artes y de la Hospitalidad

    Cesária Évora cantó quem ca conchê Mindelo / ca conchê Cabo Verde (quien no conoce Mindelo, no conoce Cabo Verde). Y es casi siempre una historia de amor a primera vista, o no fuese la ciudad dueña de una de las bahías más bonitas del mundo. Después de eso, el amor se prolonga mientras la descubrimos.

    El corazón de un pueblo 

    Mindelo es una de las ciudades más importantes de Cabo Verde y cuenta historias de diferentes lugares, tiempos y culturas, traídas por los marineros atrevidos desde mediados del siglo XIX. Está unido al resto del mundo por Porto Grande, el principal puerto del país y escenario de las mayores transacciones atlánticas.

    Gracias a este encuentro de vivencias, Mindelo está considerado el centro cosmopolita y cultural del archipiélago. Las influencias de países como Portugal, Inglaterra y Brasil se diluyen en la tradición y modo de vida africanos y forman una personalidad única.

    Un día en Mindelo

    La capital de San Vicente se despierta con el sol, con el suave murmullo de las olas y el zumbido de un día más la promesa de guardar en algún lugar del corazón.

    Los trazos más antiguos de la ciudad están bien preservados y recuerdan las presencias portuguesa y británica en el momento de su construcción y desarrollo, en el siglo XIX. Sí, porque São Vicente tuvo una población tardía, dos siglos después de la isla de São Tiago. Lo antiguo y lo nuevo se fusionan en una armonía propia, la armonía mindelense.

    La plaza central Amílcar Cabral está hecha de colores alegres y, como sucede por toda la ciudad, de bonitos detalles. Existe un templete e incluso un quiosco, que reúne a los mindelenses, ahora en su apetecible terraza, ahora en las travesuras y encantos de la vida. Se charla. Se debate todo, desde lo mundano hasta lo alegórico. Se toca y se escucha música.

    La Avenida Marginal, donde se encuentra una réplica de la lisboeta Torre de Belém, acompaña la costa hasta Laginha, la playa de la ciudad. Al fondo, se levanta, para deslumbrar, el Monte Cara, una colina en forma de rostro humano que mira hacia el cielo y desde donde podrá tener unas vistas privilegiadas de la isla.

    La Pracinha da Igreja, la cuna de Mindelo, nos cuenta cómo empezó todo, y es también donde se encuentra la iglesia de Nossa Senhora da Luz, uno de los trazos de la época colonial que todavía permanecen. La Rua Libertadores d´África, antaño rua de Lisboa, con sus cafeterías y comercio tradicional, nos recuerda que aquí se celebran sobre todo los pequeños grandes placeres.

    No muy lejos, el Mercado Municipal. También resiste como una de las marcas de los tiempos coloniales y hoy en día ofrece, a quienes pasan por aquí, lo mejor de los productos y sabores de la tierra.

    Mecidos en la puesta de sol

    Un día en Mindelo se hace también con el merecido descanso de la vida que tiene lugar, a veces, con demasiada prisa. Y que el descanso sea en el umbral de la puerta, mientras el sol se sumerge en el azul turquesa de la bahía que envuelve el puerto, al compás de los ritmos que se escuchan en todas partes. Sí, porque desde el tiempo de las serenatas, cantadas en las calles, al rap de los más jóvenes, la música reside en todas las esquinas. Y, sobre todo, en el alma de la isla.

    De noche, hay luz, alegría y… música. En las calles, terrazas y bares, la noche caliente hace que nos apetezcan sensaciones y emociones simples. Las personas se mueven con disponibilidad al encanto. Y todo fluye. Se escuchan y entonan las mornas, se baila el funaná y las coladeiras. La noche se mueve. Se celebra y se brinda hasta al amanecer.



    Las mornas de la «Diva del pie descalzo»

    Cesária Évora, una de las grandes voces de la tierra, nació en Mindelo, y desde bien temprano empezó a cantar… a Cabo Verde. La verdad es que todavía canta, si pensamos que las canciones son eternas. Sobre la isla, un día exclamo: «No hay isla más sabrosa que San Vicente». Tal vez no.

    Respecto al sabor de sus mornas, Cesária lo apuraba con la intensidad y arrullo de su voz, con el regusto de una copa de grogue (aguardiente típico de Cabo Verde) y con las alegrías y tristezas de una vida y de una tierra. Es porque existe una armonía con sabor a alma en las mornas caboverdianas.

    Son la expresión de la insularidad de un pueblo, del amor por sus orígenes, del romanticismo y de sus misterios. Son tocadas con instrumentos acústicos y escucharlas es un verdadero placer. Bailarlas es una consecuencia natural, y sentirlas, un privilegio.

    En Baía das Gatas

    En la costa norte, al este de Mindelo, es uno de los lugares más buscados por la gente de la tierra, en las horas para pasear y descansar, y los visitantes: la Baía das Gatas. Una ensenada de arena blanca, protegida del viento por un muro de rocas volcánicas, donde el mar llega tranquilo y cristalino para reposar en una especie de laguna.

    Es aquí donde tiene lugar el reconocido Festival Internacional de Música de Baía das Gatas. Todos los años, en el mes de agosto, de preferencia en la primera luna llena del mes, la bahía alberga a miles de personas, artistas, sonidos del mundo y otras formas de expresión artística. Todo lo que es arte y alegría tiene cabida.

    El festival fue creado en 1984 por un grupo de músicos de la isla. Con muchas ganas y un presupuesto reducido, firmaron el inicio de uno de los eventos más importantes de Cabo Verde. Por el escenario del festival ya han pasado artistas de culto de varios países y, cómo no, los nombres más prestigiosos de la música caboverdiana, como Cesária o Tito Paris.

    Calhau, Praia Grande y São Pedro


    En la costa este está Calhau, una típica aldea de pescadores, siempre con los brazos abiertos a los que llegan. Compartir lo que son y lo que la naturaleza les ofrece es siempre una misión natural. Muchas veces, los residentes y turistas se juntan aquí en la playa. Encuentros de vidas y perspectivas, con pescado fresco asado, acabado de salir del mar, como acompañamiento.

    Además de playas pequeñas, Calhau tiene una piscina natural en la falda de una de las montañas volcánicas que conforman la vista de la isla. Hasta allí, el camino es un desafío y se hace por una carretera que pasa por el medio de dos picos de volcanes extintos, paisaje característico de la isla y responsable de parte de su encanto.

    Dos montañas después, Praia Grande. Con un extenso arenal de arena clara y mar de agua transparente, la ondulación es más agitada y propicia para la práctica de deportes náuticos. Dejamos esta sugerencia para los más atrevidos.

    Ya en el lado oeste, a unos 10 km de Mindelo, y cerca del aeropuerto de la isla, encontramos São Pedro y su playa en forma de Ensenada encantada. Sus aguas son más tranquilas y perfectas para bañarse. El paisaje es árido pero sublime.

    ¿Cuánto vale una sonrisa en San Vicente? Vale todo.


    Morabeza. No es fácil traducir una palabra tan cercana al corazón de la tierra, tal como sucede con la «saudade» portuguesa. La buena noticia es que podemos aproximarnos. Es, sobre todo, el sentimiento de estar bien en el mundo y… con los brazos abiertos. Está relacionada con la amabilidad y la hospitalidad.

    Así son las gentes de Cabo Verde. Así son los hijos de San Vicente. La traducción más justa se hace contando las muchas sonrisas que recibimos cuando llegamos.

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