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    Roma no se construyó en un milenio

    Roma No Se Construyó en Un Milenio

    La historia conocida de Roma tiene más de 2000 años, pero se sabe que sus orígenes se remontan a mucho antes. Investigaciones arqueológicas han demostrado la existencia de población humana en esta zona desde hace unos 14 000 años!
    Antes de que la historia empiece...

    Al visitar la ciudad, encontramos a simple vista varias señales de un largo patrimonio. Se cree que todo empezó con comunidades de pastores concentradas en la zona conocida actualmente como Monte Palatino, cuyos vestigios se mantienen incólumes al paso del tiempo. 

    Sin embargo, poco se sabe del nacimiento de la ciudad como la conocemos. Según cuentan las leyendas populares, Roma habría sido fundada el 753 a. C. por los hermanos Rómulo y Remo, creados por una loba salvaje. Tras matar a su hermano, Rómulo, cuya existencia todavía no ha sido demostrada, habrá sido el primer rey de una monarquía que duró más de dos siglos.  

    La leyenda está representada en los Museos Capitolinos. Búsquela: será capaz de identificar fácilmente la famosa estatua de la loba.
    ¡Ave Caesar!

    A finales del siglo VI a. C., una revolución derrocó al último de los siete monarcas de Roma y la transformó en una república. El gobierno emanaba del Senado, reunido en la Curia Julia, ubicada en aquel que permanece todavía hoy como uno de los grandes símbolos de la ciudad: el Foro Romano.

    Fue la era de los llamados triunviratos, gobiernos formados por tres representantes. Tuvo su apogeo con Julio César, cuya presencia permanece en numerosos monumentos, desde el Teatro de Pompeyo hasta la via Appia Antica.

    En los siglos siguientes, Roma se convirtió en un centro de comercio y poder militar. Alrededor del siglo II a. C., la República ya dominaba todo el mar Mediterráneo. 




    El apogeo

    En el siglo I a. C., tras un período turbulento que culminó con el asesinato de César, tuvo lugar la ascensión de Octavio. Designado emperador y tomando el nombre de «Augusto» (el grande), con él se inicia el periodo áureo de la Roma antigua. Doscientos años más tarde, el Imperio romano era el más poderoso del mundo, y había conquistado casi toda Europa, el norte de África y una parte de Asia y Oriente Medio.

    El ya mencionado Foro Romano constituye lo que queda del antiguo centro de la ciudad, de los edificios públicos y del antiguo mercado principal. El inevitable Coliseo de Roma nos lleva a la época de los gladiadores que luchaban por su vida en espectáculos violentos que divertían a la población. 

    Y en el Circus Maximus podemos ver los restos de la pista en la que se realizaban las carreras de cuadrigas y otros deportes. En otros puntos de la ciudad, encontramos monumentos alusivos a los triunfos militares del imperio, como el Arco de Constantino y el Arco de Septimius Severus.

    Si quiere seguir explorando, puede inscribirse en una excursión a la Villa de Adriano, en los alrededores, y observar la arquitectura y las obras de arte que conforman el espacio y muestran cómo vivían los emperadores en la época áurea. 

    Imprescindible es también el Panteón, construido por el emperador Adriano, y que hoy en día es un espacio museístico repleto de cerámica, pinturas, armas y artefactos diversos. Muestra bien el dominio de la civilización romana en las ciencias, artes, tecnología y comercio, conocimientos valorados por el mundo occidental siglos más tarde.

    Un imperio da lugar a otro

    A la prosperidad siguió la decadencia: crisis económica, inestabilidad política y guerras. En el siglo V, las invasiones de tribus germánicas ponen fin al imperio, y dan inicio al retroceso de la civilización que caracterizó a la Edad Media.

    En esta época, la península itálica se vio dividida en varios reinos y ciudades estado. Y la cultura romana había sido sustituida ya por un nuevo centro de poder efectivo, no solo sobre la ciudad sino sobre el continente europeo: el de la Iglesia Católica.

    Establecida en el lugar en que actualmente se encuentra el Vaticano (ciudad estado desde 1929), en esta época tenía ya su centro en una primera versión de la basílica de San Pedro. Incluso antes de haber sido reconstruida en el siglo XVI, en este momento constituía ya un símbolo mayor de la cristiandad.

    Por toda la ciudad se encuentran las marcas de la Roma medieval. En otros templos, como la basílica de San Pablo Extramuros, la basílica de Santa María en el Trastevere, o la iglesia de Santa Cecilia. Pero también en edificios militares como la Torre delle Milizie (Torre de las Milicias) y la Torre del Conti.

     

    El nacimiento del Renacimiento

    Es natural que Roma era también uno de los centros de transformación Europea, una vez más, del siglo XV. En una respuesta a la reforma protestante, el patrocinio de la Iglesia católica a artistas como Botticelli, Rafael o Miguel Ángel contribuyó al florecimiento del arte y de la cultura. 

    La Basílica de San Pedro fue totalmente reconstruida y completada en 1615, año en que tomó su forma actual. Allí podrá ver la Pietá de Miguel Ángel; y, del otro lado de la plaza, La creación de Adán en el techo de la famosísima Capilla Sixtina.

    Muchas otras obras emblemáticas son de este periodo. El puente Sisto, que atraviesa el río Tíber, data del siglo XV. El Palazzo Farnese, de 1516, en la época considerado el más imponente palacio de la ciudad. O también el Palazzo del Quirinale, que alberga actualmente la presidencia de la República Italiana, y el Palazzo Chigi, residencia oficial del primer ministro. 

    La Villa Farnesina, construida por un rico banquero de la Toscana, demuestra el dinamismo de la Italia renacentista. En la Villa Giulia podemos visitar el Museo Nacional Etrusco y conocer al pueblo que dominó la región en la antigüedad prerrománica. Y en la piazza Navona, en el centro histórico, todavía es posible sentir en el aire el ambiente de hace 400 años.

     

    Roma Iluminada

    En la capital italiana, no hay ninguna manera de escapar de la etiqueta del barroco. Empiece por dos lugares de culto: la Iglesia de Trinità dei Monti, enriquecida con varios elementos en los siglos XVII y XVIII; y la bonita Iglesia de Sant'Andrea della Valle, elegida más tarde por Puccini como escenario del primer acto de la ópera Tosca.

    Siguiendo por Via Condotti, encontramos edificios que datan de este periodo y empezamos a sumergirnos en una Roma más reciente, ya más entrada en la llamada era moderna. 

    En las calles del centro de la ciudad, repletas de terrazas y rebosantes de vida, encontramos otros símbolos muy conocidos: las escalinatas de la Plaza de España y la sofisticada Fontana di Trevi, inmortalizada por el director Federico Fellini. 

    El suntuoso Palazzo Corsini alberga un museo con una extensa colección alusiva a este periodo.

    Líneas rectas

    ¡Los dos últimos siglos fueron agitados! Convulsiones sociales, unificación de Italia, una dictadura y dos guerras mundiales hasta llegar al día de hoy. 

    El estilo neoclásico del siglo XIX está bien representado en la Piazza della Repubblica y en la Piazza del Popolo, esta última marcada por el Obelisco de Ramsés II, trasplantado directamente desde Heliópolis, Egipto.

    Calles como la via Veneto nos remiten al final de la Revolución Industrial y la Primera Guerra Mundial. En la zona de la Esposizione Universale Roma, somos transportados al modernismo de la era Mussolini. El Museo della Civiltà Romana y el Planetario son ejemplos característicos de este periodo.

    Mención especial también para Fosse Ardeatine, donde destaca el monumento en honor a las víctimas del nazismo en la Segunda Guerra Mundial. En el distrito de San Lorenzo, podemos explorar uno de los típicos barrios obreros surgidos en el siglo XX que sobrevivieron a los bombardeos de 1943 y donde se concentraba la resistencia a la dictadura. Aquí se encuentra la Universidad de La Sapienza.

    Roma vive de historia. Aunque, siendo «eterna», sigue siempre su camino. Para conocer un poco de la ciudad contemporánea, nada como entrar en el Maxxi, un museo vanguardista cuya arquitectura osada no deja de llamar la atención.

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